Tomar café se ha convertido en una costumbre social. Concebimos como normal tomarlo bien temprano, a media mañana, a mediodía, por la tarde e incluso por la noche después de cenar. Todo es debido al componente que nos exalta y nos transporta a un estado de embriaguez social: la cafeína. Incluso la tomamos en formato de refresco azucarado. What else?

No solo en la vida personal se toman grandes cantidades de este excitante para desechar el cansancio, para estar más activos e incluso para prevenir enfermedades que no sabemos ni siquiera si las vamos a contraer —parkinson, cirrosis, cáncer…—. En entornos productivos tomar café también es normal y bien visto. Parece que exista la máxima:

En el trabajo hay que estar bien estimulado o no estar.

En entornos de negocio está tan normalizado que incluso se permite hacer descansos para tomarlo. Es concebido como algo beneficioso para la productividad y rentabilidad de la empresa. La lógica que impera en cuanto a más café más productividad puede que en realidad sea inversamente proporcional. Cuanto más café no implica más productividad.

En este caso, el medio no es el más indicado para conseguir el fin. Las razones por las que se toma café constantemente están mal enfocadas:

  • Ser más productivo en menos tiempo.
  • Mantenerse más tiempo despierto para hacer más.
  • Estar más concentrado durante más tiempo.

Vivimos en una sociedad de velocidades vertiginosas llena de frases motivadoras como que el que golpea primero golpea dos veces. Nos autoimponemos velocidades más allá de nuestra posibilidades sostenibles como seres humanos. Por ello, nos hemos aferrado a la convicción de que la cafeína es el antídoto a tal frugalidad productiva. Hemos escogido depender de esta molécula, de introducirla en nuestros hábitos personales y profesionales, de no dudar de sus efectos a corto y largo plazo, y de exhibirla como casi un superalimento.

Asociamos máxima productividad a la toma de estimulantes y aceleradores mentales.

Puedo estar de acuerdo con esta afirmación, siempre que no sea a largo plazo. Introducir un estimulante en nuestro cuerpo implica un desequilibrio químico. Obligar a que el cerebro segregue sustancias de una forma artificial y prolongada a lo largo del tiempo no es algo que sea de mi devoción. Estoy seguro que muchos lectores de este blog están de acuerdo y que otros tendrán la curiosidad de saber si es así.

Es por esto que hace unos años me propuse controlar mi consuma de cafeína a conveniencia. Primero tuve que dejarla, para comprobar sus efectos secundarios y para valorar sus efectos primarios una vez desintoxicado. Tomé una decisión y ahora consigo ser mucho más productivo sin su consumo.

De mi experiencia y de otras escribí un libro. En este expongo los efectos de la cafeína. Encontrarás también los motivos por los que podemos ser más productivos sin depender de ella. Compruébalo en descafeinate.com.

 

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